La casa de las ovejas [- Cuento]

Me dijiste que la casa de las ovejas no existía, en nuestro bosque sólo los árboles, ¿no recuerdas?, y claro todo lo demás, el lago de las ninfas, la fuente en el camino, la cueva del dragón azul, y que qué tontería, que cómo no ibas a estar seguro si fuiste tú quien se inventó el cuento. Y así cada noche, cada vez desde esa primera en la que algo sonó distinto. Aunque tal vez todo igual que siempre, los mismos pájaros, iguales las hojas y su viento triste, cien veces repetidas las palabras de Pedrito preguntando al Unicornio, saber ya de memoria la respuesta y todo lo que vendría después, y quizá por eso lo de girarme y verla así, tan de repente, su extraña silueta recortada entre los árboles. Pero tú no la veías y avanzabas ya por el sendero, Pedrito adentrándose sin miedo en las majestuosas sombras del bosque, ves como recuerdo, y yo intentando alcanzaros, ¿me estás escuchando Clara?, sin poder dejar de mirar hacia atrás, a la casa torcida de esquinas imposibles y oblicuas ventanas, a la estrecha chimenea de trazo sinuoso, amenazante como un ojo desde el tejado. Y la historia continuaba, siempre continuaba, y tu voz seguía, como si nada, explicando colores, dibujando sonidos, modulando las luces del atardecer en el bosque.

 

No fue hasta algunas noches después cuando vi las ovejas, aunque supongo que siempre estuvieron ahí, delante de la casa. Sus rechonchos cuerpos de nube gris mal dibujada se sostenían apenas sobre unas patas extrañamente delgadas y largas, a punto de quebrarse. Había en esas criaturas algo siniestro, algo que estremecía, que helaba la piel sólo de mirarlas. Estaban quietas, en un silencio total. Demasiado quietas, repugnantemente inmóviles, como fuera del tiempo. Desde ese día la casa torcida fue la casa de las ovejas.

 

Tú seguías sin verla, mira que eres pesada Clarita, mira que me enojo, que nunca más el cuento, así que al final ya no preguntaba, y cada vez más ganas de que llegara el momento, el Unicornio blanco y no tiene pérdida, en la cueva del dragón lo encontrarás, el elixir de la vida tan cerca, pero mis ojos ya al otro lado, al menos esos instantes para poder mirarla, fuerte y oscura, por detrás de tus palabras. Ella y yo solas en el cuento. Pero enseguida estaba Pedrito despidiéndose, cada noche más enseguida, ¿no lo notabas?, los sonidos como encogiéndose, más cortas las palabras, y tu voz nos envolvía de nuevo, apremiante lazo de viento, arrastrándonos otra vez al camino, a la historia, lejos de la casa. Y todo así, siempre, tantas veces, hasta que un día, sin saber por qué, girarme hacia Pedrito y ya todo distinto, un segundo apenas pero él mirándola de reojo, en vano fingiendo la normalidad de cada noche, gracias por todo, muy pronto nos veremos y un frasquito del elixir para ti, pero en su cara el reflejo de algo terrible, en sus ojos el miedo. Saber en ese mismo momento que la casa existía, que la inmovilidad de las ovejas no sólo me aterraba a mí. Esperar la próxima noche, ¿cómo Clarita tan pronto en la cama?, y ya los pájaros, el lago y el camino, ya el Unicornio y pobrecita, tan cansada, no ves cariño enseguida se durmió, pero yo aún dentro, los ojos muy cerrados, agarrada con todas mis fuerzas a unos matorrales, por si acaso, por si el viento de tus palabras… aunque nada de eso, que la puerta del dormitorio cerrándose, que todo a oscuras, que ya sola en el bosque.

 

También a este lado la noche estaba llegando, los grillos y el silencio, el frío y trocitos de cielo negro entre las hojas. Estuve algún rato quieta junto al camino, sólo mirándola, pero enseguida la necesidad de acercarme, de saber, de llegar donde nunca Pedrito. Y a partir de ahí todo muy rápido, a cada paso más denso el bosque y el miedo, más grande la casa, más quietas las ovejas; pasar a su lado corriendo sin querer mirarlas, sentir sus ojos de piedra, una luz temblando en la ventana torcida. Tener que asomarme, ya sabes, Clarita siempre tan curiosa, y ver algo muy extraño papá, algo que no entendí, como que me faltaba tu voz que me explicase, porque allí, sobre la mesa, una de las ninfas del lago, aquella que decías tenía cuerpo de junco y mirada de miel, ¿recuerdas?, la de la piel de porcelana, aunque ahora su piel ya no tan blanca, toda desnuda, y esos hombres alrededor, tantos cuchillos, la boca tapada, pero en sus ojos otro grito quizá  más fuerte, un grito de fuego, el reflejo de la chimenea donde una viejecita cosía despacio, viéndolo todo. Y tú a su lado, riendo.

 

(1999. Publicado en Manía – Revista de Filosofia, año 2000.)

 

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