Realidad

A veces soy

el grito perfecto de Greta ante el tren,

las cejas imposibles de Bette,

las caderas de Marilyn,

el sombrero de Bogart en la niebla,

el silbido de Bacall,

la canción de Marlene,

las ventanas del ala oeste de Manderlyn,

una gata en el tejado de Paul.

Ya ves, casi nunca ésta,

la que refleja el espejo

–¿cómo ser la de la cola del súper,

la que trabaja en mi oficina,

la de los domingos grises,

la de las horas repetidas?

Mejor ser Travis y su taxi por las luces mojadas de la ciudad,

soledad en el retrovisor,

o el vestido de encajes de Blanche perdiendo el tranvía,

la sombra triste del primer vampiro.

Incluso el cuchillo de Norman contra el agua,

sus pájaros inmóviles.

O el fuego de Tarkovsky y su espejo,

las últimas horas en Venecia,

el nombre de Brando en París.

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